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<<< volver RUIDO DE SUEÑOS

La segunda mitad de los años ochenta fue, en el terreno musical, especialmente fructífera y creativa. Y el Tránsito fue como un radar que captaba toda aquella efervescencia: el acid house, el techno, la música africana, el rock gótico, la música industrial, el nuevo rock americano, el hip hop, el raï, la sono mondiale. El Tránsito tenía suficiente capacidad para asimilar todos estos y muchos otros estilos, además de unas ganas locas de celebrar toda esta creatividad a través de una serie de fiestas que marcaron una época en Huesca. Fue una forma de conectar a la ciudad con los núcleos reales de la cultura emergente internacional. Una antena parabólica que impidió el aislamiento de los oscenses más inquietos.

Y el Tránsito fue también el escaparate de los grupos que representaban la modernidad y la excitación del “sign of the times”, como cantaba Prince. Grupos que pisaron el pequeño escenario del Tránsito y que cubrían el amplio espectro estilístico que iba de Desechables a Rey Lui, pasando por New Buildings, Claustrofobia y, por supuesto, toda la incipiente escena oscense: Mestizos, los Muertos, Nightbirds, Tose y Mata, Círculo de Viena, Escoria Oriental, La Década del Arte y tantos otros que descansan en el sueño de los justos. El Tránsito sirvió la banda sonora de una época irrepetible, formada por el ruido de los sueños de todos aquellos que creímos en esa pequeña gran utopía. No en vano, mis sesiones como dj en el mítico local oscense, solían terminar con “In dreams” del bueno de Roy Orbison.

Y los sueños, sueños son.

Luis Lles
(...) El 82 y el 83 fueron años de una euforia social contagiosa que por lo menos en Barcelona se vivía en la calle con unas ganas, casi una necesidad de romper con lo habitual. Habían surgido locales que iban mas allá de lo conocido hasta entonces, desde la estética hasta los contenidos. Metropol, Celeste, Sidecar o Kike eran sitios en los que ocurrían cosas. De pronto se dieron una serie de circunstancias que nos animaron a dar el salto. Huesca fue una de estas circunstancias. (...) Creo que en Tránsito, sobre todo los primeros años, se cruzaron todos los ambientes posibles. Por muy diversas razones todo el mundo pasó por ahí. Las fiestas en colaboración con “Misión imposible” eran una especie de viaje a diferentes estilos de música y de vida. El “ look” se impuso como una reivindicación de estos estilos.(...) Abrir en Huesca supuso una experiencia a veces excesiva para nosotros y parte de la población lo vivió con una perplejidad que poco a poco se fue normalizando. El susto fue mutuo, pero fue la ciudad la que hizo el Tránsito.

Manel. Creador de Tránsito
 
(...) La idea del Tránsito surge ante la posibilidad de abrir un local alternativo que por diversas circunstancias nos habíamos planteado Manel y yo como proyecto de futuro conjunto. Por aquel entonces vivíamos en Barcelona. Después de considerar varias posibilidades, pensamos que Huesca era una buena alternativa ya que en aquella época existían locales en las grandes ciudades pero Huesca era un terreno prácticamente baldío. Creímos que podría funcionar teniendo en cuenta además que yo conocía bien la ciudad.

Alberto Gabarre. Creador de Tránsito
 
 
 
 
(...) El nombre nos lo sugirió nuestro común amigo Ernest Sales, que lo propuso como un nombre con diversas acepciones, algunas de las cuáles encajaban muy bien con la idea que teníamos: movimiento, urbanita, caducidad/renovación y, muy en la onda after-punk de la época: paso de la vida a la muerte.... aunque el modelo estético que seguimos fue el post-industrial.

Alberto Gabarre

 
 
(...) Anteriormente al Tránsito la verdad era que en Huesca había un solo bar alternativo, que era La Porteta. Ahí se movía un poco la vasca hippie de la época y lo alternativo. Los dueños proporcionaban la oportunidad de exponer dibujos y empecé poniendo algunas cosas ahí. A raíz de esto se me fue conociendo un poco como dibujante. Cuando se abrió el Tránsito, uno de los dueños de La Porteta, Francisco Dieste, entró a formar parte del equipo y yo me ocupé de hacer el cartel de inauguración. Fue mi primer trabajo para Tránsito.

Javier Romera. Pintor e ilustrador
 
EL TRÁNSITO MÍSTICO DE LOS OCHENTA

Hubo quien sugirió que imitaba el tránsito de una calle, con sus adoquines, su gris oscuro de asfalto, su panel publicitario al fondo, una calle ridleyscottiana de una ciudad futurista de mitad de los ochenta, habitada por ciudadanos de la república del ritmo y de los nuevos aires que venían allende las montañas, dentro del cascarón de un barrio medieval.

A mí la palabra me provocaba místicas elucubraciones.
Recuerdo imágenes: la Virgen María con rostro de Marilín en tránsito ascendente envuelta en una nube de mantos en remolino sosteniendo con ambas manos un miembro viril en erección, Cabañuz explorando con pinceles el misterio de la entropía en el cosmos azul, JAEN celebrando misas del sexo en el altar del dibujo y la plumilla, Sansebastianes transidos de sufrimiento místico en la imaginación de Romera, derviches giróvagos en ascensión y extasis ácido y electrónico, epifanías minimalistas de ingenuos músicos visionarios...
Todo quedó en negro sobre blanco, como por ensalmo, primero a ciclostil y luego en papel de periódico: el viejo papel de la vieja nueva españa.

Un afán de trascender, de trasladar, de transportar, de pasar al otro lado invadía los ánimos de algunos hijos del baby boom que en torno a la puerta de luz azul nos acercábamos. Porque pasar esa doble puerta (una de las primeras de acuerdo a la normativa municipal) era pasar al otro lado del espejo, participar de la trasgresión, acceder a una nueva vía condenada por los sanedrines oscenses preconciliares.
Para los munícipes todo se reducía a pura pornografía, pero pornografía de culto, herejías condenables para la lectura de un ciudadano temeroso de las ordenanzas, pero valiosos secretos para ciertas élites.
A muchos nos proporcionó el cosquilleo de ver por primera vez nuestras palabras en letras de molde, de poder, al fin, participar de algo, sin militar en nada, de vislumbrar la libertad de creación, de librarnos de las etiquetas (a pesar de los sambenitos de las plañideras e inquisidores de barrio). Muchos comenzamos a transitar por las vías de la creación llenos de aire fresco pensando que allí comenzaba el camino. El final de la década y los morados noventa nos mostraron que la contemplación y el éxtasis murieron al nacer, como un fuego fatuo.

José Ignacio Callén. Miembro de Círculo de Viena
 
 
(...) No digo que nos uniformáramos, pero también te decorabas. Sobre todo en las fiestas, o cuando se organizaban cosas más largas, de dos o tres días. Apetecía dar una imagen muy convincente y global. Cada uno hacía su interpretación de la moda moderna en el momento. Cuando estaban los new romantic todos íbamos un poco de oscuro, quien tenía una cazadora se la ponía, o una correa, o un rimmel en los ojos. Y lo mismo con las otras tendencias.

Javier Romera
 
 
 
 
(...) Con quince años fui a un concierto de Mestizos, fui una clienta precoz. (...) El Tránsito hacía de imán.

Virginia Unzué. Trabajó de camarera en Tránsito.
Luego ha seguido una carrera como artista.

 
Sin duda rozamos cierta suerte de paraíso durante ese tiempo. La aventura extravagante de urbanizar un páramo a golpe de música, novedad y banquetas con asientos triangulares astilló viejas maderas.
Colorear un municipio ausente en los mapas de la diversidad implicaba recibir a todo tipo de curiosos, acólitos, adictos, peregrinos y algún miedoso.
Ahora, mil años después, cuando camino por la ciudad traslado a aquel viandante o a esa otra que mira al cielo a aquella época y aquel lugar. Cada uno de ell@s iba de algo, con más o menos apariencia, a veces renuente a lo correcto en las postmodernidades del momento, pero iban de algo. Cuando venían ese algo acababa brillando en la Sala. Genial apunte el de un compañero de barra cuando comentó a unos amigos que “... ya tardabais...” el día que aprovecharon un Carnaval para venir de Rockers punks o preposloquefuese, da igual, brillaban.
No tardaban en renovarse las vanidades de los que amanecían entre semana a ofrecer sus creaciones, movidas y otros presentes. Siempre hubo lugar para lo que llegaba.
El camarero tras la barra, discreto, lo ve todo pero nunca deja de sorprenderse. Aprendió la clientela a practicar nuevas elegancias. Más de seis te dirían la copa que siempre tomaban en el Tránsito. Al camarero no se le escapan las infidelidades, vicios o lágrimas del otro lado. Como han de volver siempre sabrás qué ha pasado sin necesidad de pregunta alguna . La noche por sí sola lo cuenta todo y si te engaña mejor todavía .
Podría hablar de quien aparecía por allí para desaparecer de lo que había fuera. Otros a buscar o ser buscados. Mucha buena noche y nadie se quería ir. No he vuelto a sentir un local donde se practique el “toda la noche en el mismo sitio” con tanta rotundidad. Se podía ir al Tránsito o ir de bares.

Álvaro Benedicto. Miembro de Círculo de Viena.
Trabajó de camarero en Tránsito

 
 
(...) Era gente (Manel, Alberto Gabarre) que tenía mucha fuerza, fueron muy rompedores. (...) Había quienes venían a la sala por estética, y otros por el morbo.

Marisa Olmos. Trabajó de camarera en Tránsito.
Participó en el programa de radio “Ella perdió el control”

 
COLOCARSE

Ahora parece increíble, pero en 1982 Enrique Tierno Galván acabó un pregón ante varios miles de jóvenes con aquel histórico: “El que no esté colocao que se coloque”. Así eran lo 80: el alcalde de Madrid animando a gritos al consumo de estupefacientes. Más sarcasmo que lapsus, la frase ilustra la actitud que la izquierda más mojigata tenía entonces ante el uso de drogas ilegales.
Muchos de los ortodoxos, que diez años antes consideraban los porros “pequeño burgueses”, se acercaban a la cuarentena con la sensación de haber perdido la juventud corriendo delante de los grises. Tal vez por eso pasaron del socialismo al hedonismo, de la pana a las rayas. Los desvencijados casos
históricos comenzaron a poblarse de disco bares, y el barrio de los hortelanos de Huesca vio cómo sus viejas cuadras se transformaban en postmodernos abrevaderos. Así acabó la trasgresora Movida convertida en adocenada Marcha de fin de semana. Pero durante un corto tiempo la libertad fue otra vez libertaria y la ciudad volvió a ser nuestra. Aquel hermoso y
breve instante, en Huesca se llamó Tránsito.

Juanjo Javierre. Músico habitual del Tránsito, donde se dio a conocer por primera vez el grupo Mestizos
 
Círculo de Viena nunca se ha disuelto. Forma parte de la Nebulosa Tránsito. Es pura inquietud desorientada acogida en buena hora. Quien lo afirma solía denominarlo, impregnado de las ignorancias de colores del momento, “formación musical”. No era un grupo ni una rondalla, creo. No tenía demasiado sentido. Estábamos a años luz de nosotros mismos. Un proveedor de la Sala me saludaba por la calle: “adiós minimal”. Presumo que nadie, en su sano conocimiento musical, en muchos municipios a la redonda concibiese tal tipo de aventura.
Afortunadamente no hay fotos de un primer concierto. Tan sólo medio par de recuerdos maltrechos e imaginación incontestable. No hubo a lo largo de la docena de actuaciones ocasión en que se repitiese la misma formación. La primera vez dos componentes armados de juguetes musicales y excesiva juventud subieron a los tres escasos metros cuadrados más extensos del universo sonoro: El altar del Tránsito. Los temas (estaba prohibido que fueran canciones) me saben un poco todavía a whisky porque ante tanta timidez se nos suministró por la dirección amiga de la sala una copa o toda la baraja a las siete de la tarde. Cualquier método era bueno para sacar aquello adelante. Como no teníamos criterio para negarnos o al menos dosificar el asunto el concierto fue un tanto vaporoso concibiéndose como pasto de futuros inciertos recuerdos .
CDV no se ha disuelto, quizá por pereza, quizá para jugar a no ser recordado como algo absolutamente perdido, pero pertenece a los años en que transitábamos por todo aquello. Se llegó a la grabación de un vinilo en Madrid y ningún disco pirata en el mercado. Una bella portada de Javier Romera que estoy seguro todavía concibe el grupo como parte de él mismo. Existen carteles de un concierto que nunca se realizó. Carlos Faraco nos usó dulcemente de Sintonía en alguna de sus brujerías de Radio 3 mientras Ramón Trecet pasó de nosotros. Sólo con un detalle así ya me siento conforme y no me importaría seguir jugando a confundir los recuerdos, reflejar las canciones en los espejos y a repetir tres notas monótonas en aquel altar inmenso de la Factoría Tránsito.

Alvaro Benedicto. Círculo de Viena
 
 
Lo habíamos visto en las películas: los Beatles comenzaron su leyenda en The Cavern, los Ramones surgieron del CGCB neoyorquino y en Madrid tenían el Rock-Ola. Por eso nos entusiasmamos cuando supimos que en nuestro barrio abrían un local con música pop en vivo. Fuimos los primeros en tocar sobre aquel escenario. Ya teníamos Jai Alai, pero el Tránsito apareció ante nuestros ojos como una isla llena del cosmopolitismo que como teenagers provincianos pretendíamos a toda costa. Pura modernidad, algo de lo que el venerable frontón convertido en salón de baile carecía por completo.

Tránsito tenía un aforo perfecto, una sonoridad aceptable y un escenario pequeño y funcional. La mejor música popular ha nacido de locales así: el Blue Note en Nueva York, el Tipitinas en Nueva Orleáns, el Marquee en Londres o el New Morning en París. La política de fiestas patronales con música gratis en la calle hizo imposible que aquellas salas pudieran sobrevivir y seguramente por eso la música pop española es tan sosa, previsible y aburrida. Pudo no ser así.

Juanjo Javierre. Mestizos
 
(...) Pinchaba en un bar que se llamaba La Lola, en el callejón del Saco, y en ese momento es cuando Alberto Gabarre me llama y me propone ir a pinchar al Tránsito. La verdad es que me hizo muchísima ilusión porque era el bar de referencia de la gente a la que nos gustaba realmente la música. Yo por entonces ya tenía un programa en Radio Huesca, especializado, que se llamaba “Ecos de danza sufi”. Lo recuerdo como una época fructífera. (...) Cuando salías y decías que trabajabas en el Tránsito el comentario gilipollas de la gente era el de “¡Ah, sí, el bar de los maricones!”. Y realmente era un bar que apoyaba un movimiento cultural (de cuatro, por otra parte, tampoco nos engañemos). Lo digo porque ahora hablas con gente joven y saben lo que era el Tránsito, y la movida que había, y Los Mestizos y Los del Trasmuro y todo aquello, pero no dejaban de ser cuatro. (...) Alberto y Manel ofrecían un local de mucha calidad. Llegabas a las ocho de la tarde y todo estaba limpio de arriba abajo, era sin duda el bar más limpio de toda la zona del Tubo. La historia era que frente a los cuchitriles de música sin ningún interés, y sucios y sin sanidad, había un bar que estaba ofreciendo todo lo contrario. El Tránsito fue una trasgresión incluso para eso.(...) Mi época en el Tránsito es sobretodo la de cuando editábamos una serie de cintas. Teníamos una cierta (es gracioso lo gilipóllas que éramos) vocación formadora de la cultura musical de la ciudad. Editábamos cintas con la música que escuchábamos y la cobrábamos prácticamente al precio de la cinta.

Luis Laiglesia. Disc jockey de Tránsito

 
 
(...) Musicalmente hubo mucha gente que mamamos del Tránsito. Oías lo que no oías en ningún otro local. Incluso lo de la música africana que empezaba entonces y demás. Más tarde empezaron a sonar Youssu N’dour, Terence Trent D’Arby, Manu Dibango, Mory Kante, Toure Kunda, Cheb Kader, pero entonces no eran conocidos.

Julio Casterad. Trabajó de camarero en Tránsito.
Teclista de Círculo de Viena, Mestizos...
 
 

El FANZINE/ILUSTRACIÓN

Desde el inicio el Tránsito utilizó los fanzines como un modo de proyección. El número de los colaboradores fue creciendo y el fanzine se hizo más grande. Contenía artículos e ilustraciones sobre músicas del mundo, moda, teatro o actualidad. En su segunda época no fueron muchos números, pero son de colección.

 

(...) Recuerdo que el alcalde Sánchez Carrasco nos llamaba los "pornocultos". Íbamos contra corriente y cubríamos una parcela de la cultura que en aquella época las instituciones no tenían en cuenta.... Pero al ser una iniciativa privada resultaba ciertamente difícil. (...) El fanzine era un elemento más de nuestro proyecto. En esa época era algo muy de moda. Yo creo que colaboraron todos los que por aquel entonces tenían algo que crear o decir. Nunca censuramos nada, de allí que algunos números resultaran algo “fuertes” para la mentalidad de la época.

Alberto Gabarre

 
 

(...) El fanzine empezó como una actividad más, puede que fuese la primera, aparte de los conciertos y actuaciones. Se planteó con una idea de ser algo asiduo y de que participara gente. El fanzine tuvo una evolución bastante bonita. Al principio trabajábamos en él sólo la gente del Tránsito. Casi sin maquetación, en folios y fotocopias se grapaba, se presentaba un fin de semana y se regalaba. Luego empezó la gente a preguntar y a colaborar. Se planteó entonces otro formato para que la cosa tuviese más consistencia, hasta que llegamos a colaborar con el “Diario del Altoaragón”, que nos ofreció sus rotativas. (...) Me gustaba mucho todo lo que veía en “El Víbora”, la estética de la revista, esa cosa del dibujo muy dramático, muy movido, desmanejado pero expresivo. Cosas experimentales en que a veces importa más el texto que la imagen, que era algo sugerente o abstracto. Era una tendencia expresionista en cuanto al dibujo.

Javier Romera

 

(...) En el fanzine tenía que hacer una colaboración. A mí me gustan mucho la diversidad y las minorías, y entonces aprovechas para reivindicar a aquella persona que no se ha reivindicado. Y con una esquela puedo aprovechar para reivindicar, por ejemplo, a Jacqueline Picasso. La esquela es un modo de reivindicar personajes. Y luego permite el uso del negro, algo muy pictórico, entroncado con los aguafuertes de Goya. Hay que poner negro, y se tiene que llenar rápido y verse suelto... Se ven muy rápidas, pero detrás hay pruebas y esquelas previas hasta la definitiva.(...) Mi relación con los pintores del Tránsito siempre fue muy buena, porque a mí la gente me gusta. Yo me daba cuenta de que Romera estaba haciendo un trabajo magnífico. Mi relación también era buena con los otros pintores que había en Huesca. Entonces estaban Chema Durán, Badenes, Carrera Blecua... Una vez se hizo una serigrafía para el Tránsito en el taller de Badenes. Y luego se animaba mucho a una juventud, varios de los murales fueron hechos por estudiantes de Carrera Blecua.

Alfredo Cabañuz. Pintor

 
 

(...) Torrijos colaboró en un fanzine con un dibujo y un poema de Cavafis que se llamaba “Tránsito”. Alfredo Cabañuz estaba de profesor en la escuela donde ahora trabaja Javier Romera. Empezó a venir y dio un impulso importante al fanzine y cuajó una amistad muy buena con Alberto Gabarre, que perdura. Aportó mucho conocimiento, venía de Madrid y tenía mucho bagaje de pintura. Me acuerdo que hizo un mural espectacular a la primavera. Hizo también una exposición, con música en directo. Todo era nuevo. (...) Yo conocía a Alberto Gabarre de muchos años antes, de antes de los ochenta. Íbamos por La Porteta, el Melindres... La Porteta fue un germen, ahí nos conocimos todos. Y Alberto luego se fue con su trabajo. Al tiempo volvió con Manel y montaron la sala Tránsito. Era muy grande, no recuerdo que hubiese nada comparable.

José Ángel Enciso. Pintor e ilustrador

 
 
(...) Creo que supimos mantener un nivel bastante aceptable dentro del panorama de la “modernez española”, vamos a llamarlo así, sin querer compararnos con nadie. (...)
Una vez que pasó el tiempo, a nivel personal siempre lo he definido como un fuego artificial. Dejó una estela mientras subía, explotó con mucho colorido y se apagó. Lo que luego pudo quedar de todo aquello es algo particular de cada uno.

Javier Romera
 
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