El lujurioso camino para desactivar el miedo al otro

 


Otra vez hablando de posporno, nunca me canso. Hay audacias colectivas que emprendí decidida y casi sin darme cuenta que han supuesto un punto de no retorno hacia lo que siempre quise ser. A principios del 2000 me propulsé hacia Barcelona para liberarme en un contexto que me acompañara. Soy una vasca rara, mi pueblo prefiere la discreción sexual y el forro polar antes que las lentejuelas. Me pareció más prometedor cambiarme yo de lugar que malgastar mi lozanía sexual mendigando polvos por las herriko tabernas. Y no me hubiera perdonado a mí misma quedarme siempre en mi tierra, qué asfixia.

Barcelona me recibió con las piernas abiertas, fue mi Sodoma, mi Babilonia, mi Zugarramurdi. Ahora puedo escuchar el sempiterno rock radical vasco en los tugurios de Iruñea sin sentirme marchitar por dentro. Llevo para siempre el akelarre incorporado.  Hubo una noche iniciática para mí, ¿2003? Estábamos en casa de Joan Pujol, amigo y profesor de psicología social de la Universitat Autonoma de Barcelona. Él y Helen Torres nos propusieron algo muy bien formulado que no sabría reproducir y que me pareció de perlas. Tenía que ver con vivir y plasmar nuestra apoteosis grupal, política, carnal y desgenerada. Plasmar, porque había cámaras y aquello sería proyectado en… no me quedé con el lugar, ya me enteraría cuando se acercara la fecha. Conocía a toda aquella gente hacía poco tiempo, pero la confianza y la espontaneidad eran reales, liberadoras, fructíferas. Y el paso del tiempo solo ha confirmado que nada turbio anidaba entre nosotras.

"¿Me quiere no me quiere?" por MIRIAM CAMEROS

“¿Me quiere no me quiere?” por MIRIAM CAMEROS

La noche fue una mezcla de debate, sexo, complicidad y desmadre. Incluso fundamos el colectivo feminista ex_dones, que duraría varios años y desde el que emprenderíamos nuestros talleres de pantojismo, técnica para exorcizar el patetismo amoroso a través de la parodia autobiográfica. Era en el MACBA donde iba a exponerse el vídeo. Y de pronto me ví follando en una pantalla grande ante el público. Me sentí muy cómoda, no me preocupó si me veía guapa, ni delgada, ni coreográfica. La gente del público que tenía más cerca me reconoció y nos sonreímos amablemente. Había cruzado una frontera que ni me había atrevido a soñar. Era un principio de lo más prometedor y sentí que había encontrado por fin mi akelarre.

El filósofo y agitador Paul B. Preciado decidió que aquella panda de gremmlins lujuriosas venidas de cualquier parte y de cualquier género, que nos movíamos como una marabunta entre las fiestas de las okupas, los antros del Raval, las charlas queer de los museos y cualquier acera donde retozar, íbamos a fundar su soñado e ingobernable comando posporno. Convenció al MACBA de que pusiera los recursos y nos fue trayendo a pensadores, artistas, activistas de una lucidez y una audacia brutales para conspirar estrechamente. Hablo de Del Volcano, Adrian Piper, Judith Butler, Javier Sáez, Donna Haraway, Shu Lea Cheang,… Aquel experimento se llamo Tecnologías del Género y lo recuerdo como si hubiéramos puesto en marcha un acelerador de partículas fuera de control. Grabamos vídeos disparatados, con alguno nos podrían haber juzgado por apología del terrorismo. Debatimos asuntos delirantes que nos llevaron a escindirnos nada dramáticamente en diferentes corrientes en menos que canta un gallo. ¿No vamos a mostrar ni genitales ni cuerpos para no reproducir norma sexual alguna o solo queremos rodar escenas que nos exciten? Sí, esa pugna la tuvimos. A veces llegábamos a las sesiones ya agotadas de una orgía, aunque creo que lo dimos todo. Desordenadamente, pero todo. Muchos vídeos se perdieron o no se llegaron a grabar, hay quien asegura haberlos visto en las naves de ataque en llamas más allá de Orión.

Colectivo post_op

Colectivo post_op

Voy a describir uno que sí llegamos a grabar y que incluso puede encontrarse en la red, aunque hace tiempo que le perdí la pista. Lo mejor del porno es: 1, hacerlo. 2, verlo. Al menos voy a narrároslo. Suena la música del programa de cocina de nuestra infancia Con las manos en la masa. Yo soy una maruja borracha que trocea con desgana unas verduras mustias. Llega mi hombre de la obra, con el casco puesto y todo. El maromo es Elena-Urko del colectivo post_op, que lleva una camiseta donde se lee MARIMACHO. Yo le miro con deseo a través de la copa de martini bastardo, él con gallardía. Comienza la típica escena de marido que se empotra a la mujer contra la encimera nada más llegar a casa. Tengo bastante más interés en que me folle que en mi hastío doméstico. Entonces, se cambian las tornas. Le estampo yo contra la encimera, le meto un pepino convenientemente plastificado con un condón por la boca, provocándole arcadas de burra que soy. Le desvendo las tetas, se las beso. Algo que no parece gustar a mi hombre. Le doy la vuelta y lo penetro con el pepino. Elena Santonja nos acompaña hasta el final con las manos en la masa. Es nuestra compinche Majo Pulido, la otra perpetradora de post_op, quien graba y logra darle ritmo con su genialidad como narradora visual. Pues nuestro posporno, era algo como esto. Es imposible verlo sin reírse, pero ha habido quien nos dijo que le excitaba. Bingo: risas y sexo.

Pero si hubo alguien que nos sumó a las hordas posporno, esa fue Annie Sprinkle cuando vino en junio de 2003 a deleitarnos con su relato político y vital Mis treinta años de puta multimedia. Fue esta torrencial actriz y directora porno feminista, performer, sexóloga y artista quien proclamó en 1991 el advenimiento de la Era Posporno. Y quizás la mejor manera de explicar a estas alturas que carajo es eso del posporno, sea la frase con la que concluyó aquella tarde su entusiasta y reveladora charla y que nos levantó a todas y todos los presentes no solo de nuestros asientos, sino también de la frustrante posición de observadoras: si no os gusta el porno que hay, poneros a hacer el porno que os guste. Y así lo hicimos.

 

El porno y el posporno se confunden

Creo que era el 2005 cuando por primera vez fui con mis amigas y compinches del posporno al Salón Erótico de Barcelona, que se celebraba en un recinto ferial enorme de L´Hospitalet. Aquello estaba llenito de actrices portentosas sobre el escenario y mucho público masculino. Éramos una panda de perras callejeras y no desentonábamos en ninguna parte. También actuaba un enano que era a la vez portero del Salón Bagdad y actor porno, famoso en el mundillo del sexo en vivo barcelonés y que murió al poco tiempo, o eso me contaron, así que me siento muy afortunada de haberlo visto aquella tarde en toda su gloria. Y digo enano, porque era un hombre adulto muy bajito de estatura, con una gran verga, proporcionalmente grande para un hombre de cualquier estatura. Como escuché decir a Annie Sprinkle mientras mostraba un vídeo suyo follando con un hombre con la piel de todo el cuerpo arrasada por el napalm, ex-combatiente de la Guerra del Vietnam,

“era mi amante y lo consideraba muy bello. En el porno cabe todo el mundo”.

Igual que en la humanidad, al fin y al cabo, donde cabemos todo el mundo.

Hace poco se descubrió que nuestros antepasados neardenthales cuidaban en condiciones de supervivencia inimaginables hoy, de su gente más dependiente. Somos comunitarias y diversas desde nuestros apócrifos orígenes humanos, aunque tantos regímenes políticos de nuestra Historia planetaria sigan implantando justo lo contrario. Y lo primero que dibujamos en las cuevas no fueron solo escenas de caza, sino también mil formas de unión sexual. Y coños, coños tan carnales y nuestros como lo son las pollas, las orejas, los pies, las rodillas. Como el mayor coño rupestre hallado hasta ahora, en una cueva de Rentería, a muy pocos kilómetros de donde crecí. El porno paleolítico y el posporno no son quizás tan distantes. La cuestión no es tanto por qué, más bien por qué no. Cómo es posible que nos hayan convencido de que la imagen de un coño es aberrante, obscena, inadecuada, censurable. Contra el puritanismo, funcionan las preguntas más simples. Aunque al puritanismo, impuesto a sangre y fuego durante siglos, le da igual que argumentemos su estupidez. El puritanismo no dialoga, reprime.

Reconozco que, incluso a una feminista pro-sexo y ligera de cascos como yo, se me activaron ciertos prejuicios residuales antes de entrar en aquel templo del porno en vivo. Temía encontrarme cierta hostilidad hipertestosterónica hacia nuestra presencia allí o, lo que era peor, sentir yo rechazo frente a un figurado mercado femenino de la carne. Como si la aguerrida Andrea Dworkin, líder del lobby feminista WAP (Women Against Pornography) que intentó prohibir la pornografía en los Estados Unidos en los años 80 y con quien no puedo estar más en desacuerdo en casi todo, se me hubiera colado dentro en plan alien. Haberme criado bajo el mismo techo que un maltratador que era mi padre, de los que dejan moratones por dentro y por fuera, me ha dotado para siempre de un afinado detector de violencia machista, también mucha resistencia y capacidad de superación. Soy intolerante a los machos, nos reconocemos y rechazamos a la legua. Pero lo que me encontré en aquel Salón Erótico de Barcelona del 2005 atestado de gente fue mucha cordialidad y entusiasmo, lo que se espera de gente que comparte una afición cuando llega su día de feria.

Aquella tarde se iba a proyectar allí un vídeo realizado y protagonizado por dos amigas nuestras, Silvi y Flori. Puro posporno, hazlo tú misma. Do It Yourself. En un pantalla gigante aparecieron ellas, delgadas pero sin curvas, huesudas, de pechos pequeños nada turgentes, sin maquillar, sin posar, sin mirar a cámara. Jugaban en un slim de cuero sujeto al techo con cadenas, de los que fabrica y vende Flori desde su marca T-okio ss, Mecánica del Placer. La recuerdo metiéndole el puño por la vagina a Silvi con suma destreza, provocándole un evidente placer sin gemidos ni estridencias. No había guión, ni roles. Todo parecía BDSM por la estética, pero el folleteo se mezclaba con las risas. Desde luego, en aquella pantalla había deseo: ellas dos eran amantes entonces y estaban exultantes. El posporno, en ese sentido, suele ser muy auténtico. Y no hago de menos, por supuesto, al porno como negocio ni a la interpretación como oficio, faltaría más. Si en vez de hablar solo del porno, hablásemos de cine en general, nadie plantearía que la profesionalización puede tener algo pernicioso. Había mucho público mirando y la rareza de un vídeo así en aquel contexto de porno comercial no fue señalada negativamente. Ya aquella tarde intuí que no hay una línea divisoria clara entre el porno y el posporno, que ambos, como productos culturales que son, dicen mucho de la sociedad siempre compleja y en permanente transformación de la que forman parte. Y que el verdadero antagonismo no es entre el porno mainstream y el porno alternativo, sino entre la liberación sexual pendiente y el puritanismo que sigue tratando de evitarla. La plenitud sexual es revolucionaria, la represión y el abuso son inventos del poder.

 

Así que pasen trece años…  

Si en el 2005 el Salón Erótico de Barcelona no me resultó un espacio hostil, este 2018 de gran agitación feminista se ha comprometido enérgicamente contra la violencia machista, haciéndose cargo del papel positivo que debe jugar el porno en una sociedad sin educación sexual. Es su directora artística Silvia Rubí quien habla, directa y rotunda a cámara.

“El porno más machista seguirá siendo la única clase de educación sexual a la que asistirá tu hijo… y tu hija. Y mientras siga así seguiremos fabricando violadores en manada, seguiremos acumulando minutos de silencio y seguiremos fabricando jueces que crean que una violación es un jolgorio sexual”.

Ella habla en nombre del mayor festival del porno del estado español, alto y claro, contra una cultura patriarcal dominante que ha permitido que tres jueces consideren la terrible violación quíntumple de una chica como un episodio nada grave.

Silvia Rubí es actriz y realizadora de cine porno y esta es una trayectoria, la de pasar de delante a detrás de las cámaras para situarse en ambos lados, muy habitual entre ellas. Creo que proporcionalmente no tantos actores porno pasan a dirigir pelis como lo deciden ellas. Se está emitiendo ahora mismo una serie prodigiosa llamada The Deuce en la que se narra cómo las prostitutas y otras mujeres que empezaron a actuar en pelis porno en los años 70 en Estados Unidos, enseguida quisieron cambiar los guiones, representar la sexualidad femenina de una manera más realista, salirse de los repetitivos clichés que supuestamente buscaba un público tan masculino como estereotipado, saltarse los guiones. La productora ejecutiva y una de las protagonistas Maggie Gyllenhaal, tuvo que pelear en su propia serie en 2017 para que no se cortara en el montaje final una escena en la que su personaje se masturba y que había propuesto ella. Esta anécdota lo dice todo sobre lo que tenemos que seguir peleando por ser dueñas de la representación de nuestra sexualidad.

Ella da vida a una prostituta que acabará dirigiendo pelis porno apodada Candy, en homenaje a Candida Royalle, una pionera portentosa que decidió rodar películas que excitaran a las mujeres y a los hombres más comprometidos no solo con su propio placer, sino también con el de sus compañeras de vida y de cama. En los 80, había en Estados Unidos cinco directoras de cine porno feministas que colaboraban entre ellas: Candida Royalle, Annie Sprinkle, Veronica Hart, Veronica Vera y Gloria Leonard. Todas empezaron actuando y pasaron a rodar sus propias historias. Hoy hay miles por todo el mundo, la brava Silvia Rubí entre ellas. Afirmar que el porno es categóricamente machista es negarlas a ellas y perdernos nuestras empoderantes genealogías.

Voy a terminar con esta historia ajena que me contó su protagonista y que he repetido mil veces, como un loro, nombrándola a ella como si no la hubiera visto solo una vez hace nueve años. Se llama Concha, vive en Zaragoza, es militante feminista y monitora de autodefensa para mujeres. Creo recordar que rondaba los 60 radiantes y platinos años. En algún momento de la década de los 80, entró a lo loco con otras compañeras a molestar en una sala X de las que ya no quedan en plena proyección de una peli porno. No es la primera acción parecida que me han narrado y todas coinciden en que después no le vieron el sentido. Adoro la experimentación y su aprendizaje acelerado de aquellos años iniciáticos. Concha se quedó pensando después: y yo para que he ido a incordiar a esos hombres que se estaban deleitando sexualmente tan tranquilicos sin meterse con nadie. Y yo porque considero que el porno es machista si todavía no he visto ninguna peli porno. Así que Concha entró en un vídeo club para alquilarse una de esas cintas que atestaban las trastiendas. Y, como me dijo, desde entonces le encanta el porno, pero el porno repetitivo con actrices uñilargas que miran sobreactuadas a cámara y celebran la pericia sexual todopoderosa de un macho que hoy nos parecería casi de risa. Las pelis del gusto de la época, consideradas justamente como el ejemplo de porno machista. Ese es el porno que me pone, y soy lesbiana.

La interacción libre entre el sexo, el porno y el feminismo seguirá ampliando las posibilidades humanas, desdramatizándonos y haciendo que nos deshagamos del miedo patriarcal al otro. Una comunidad alegremente erótica será una comunidad libre.


Colectivos y electrones libres del posporno barcelonés que he conocido:

Post_op, Diana Pornoterrorista, Girls Who Likes Porno, Quimera Rosa, Klau Kinki, T’okioss, Helen Torres, María Llopis, IdeaDestroyingMuros,…

Muestra Marrana anual en Barcelona, desde el 2008 hasta el 2014.

Documental Mi sexualidad es una creación artística de Lucía Egaña Rojas.

Libros:

Diana Torres, Pornoterrorismo (Ed. Txalaparta, 2011)
María Llopis, El posporno era eso (Ed. Melusina, 2009)


 

ITZIAR ZIGA

Itziar Ziga. Foto: Koldo García Llorens

Itziar Ziga. Foto: Koldo García Llorens

Itziar Ziga nació en Rentería en 1974. Estudió en el cole público de un barrio de bloques apelotonados que a ella le parecía Nueva York. Después en un instituto de Iruñea también público pero infectado por el Opus Dei, para cuya triste misión trataron de captarla sorprendentemente. A la obra deben gustarle las chicas difíciles. Se licenció en Periodismo en una universidad donde volaban las sillas por las ventanas contra los antidisturbios invitados por el rector de turno a las afueras de Bilbao. Hija de su madre, de las calles y del feminismo. Ha publicado cuatro libros en cinco años tecleando a dos dedos. Y sin dejar de beber. Devenir Perra, Un Zulo Propio, Sexual Herria y Malditas.