|
OFF
CLUB (arte contemporáneo y cultura de club)
OFF
CLUB Del 26 al 15 de noviembre, en distintas salas del
Centro Cultural del Matadero.- Bajo este nombre, se intenta
explorar la conexión emergente (y cada vez con mayor peso específico)
entre el arte y la cultura de clubs. Instalaciones basadas en la
combinación de arte electrónico, arte sonoro y la utilización de
nuevas tecnologías. Con proyectos de OSCAR ABRIL (España,
coordinador del área Sonarmática del festival Sónar), AROUND
(España) y MANUEL OLVEIRA (España, coordinador del festival
"Lost in Sound" de Santiago de Compostela). Paralelamente, se inaugurarán
también las instalaciones, exposiciones y acciones de DAVID LATORRE
(Huesca, España), DAVID BRUNNER (Francia, componente de la
muestra colectiva "Solo Global") y JAVIER AQUILUÉ (Huesca,
España).
Entre
sus más relevantes manifestaciones sociológicas, la
década de los noventa ha sido la crónica de la consolidación
del panorama de la música electrónica y de la música
de baile. De resultas de ello, a finales de la década, la
cultura de club empieza a ser objeto de reflexión y de muestra
en los circuitos específicos de arte contemporáneo
de nuestro país, a la par que un cierto número de
artistas visuales incorporan diferentes referentes de esa escena
en su trabajo. Ello propiciará un creciente interés
por la naturaleza de este fenómeno no exento, por otro lado,
de una controversia sobre la oportunidad o oportunismo de ese mismo
interés.
Exposiciones
como "Lost in Sound" para el Centro Gallego de Arte Contemporáneo,
comisariada por Manuel Olveira, o "Hipertronix (algunas figuras
de la cultura juvenil)", comisariada por Manel Clot para el
Espai d´Art Contemporani de Castelló, y el Festival
de Música Avanzada y Arte Multimedia Sónar en el Centro
de Cultura Contemporánea de Barcelona, coordinado en su área
expositiva por Oscar Abril Ascaso, serían, sin duda, los
ejemplos mas reseñables de ese acercamiento entre los ámbitos
del arte contemporáneo y de la cultura de club .
OFF
CLUB es un espacio de debate y exposición al entorno de las
relaciones entre arte contemporáneo y cultura de club protagonizado
por Manuel Olveira, Manel Clot y Oscar Abril Ascaso. Una mesa redonda
en la que contrastarán sus diferentes puntos de vista desde
su experiencia de gestión y una muestra de sus propias aportaciones
en el ámbito de la creación articulan ese punto de
encuentro. OFF CLUB aborda, mediante ambas actividades, la presencia
de la cultura de club más allá del propio club. Es
decir, los márgenes de posibilidad de una subcultura periférica
en el off de su mismo espacio natural.
MESA REDONDA "OFF CLUB"
Viernes 3, a las 20h, en el Centro Cultutral del Matadero.- Acto
de debate arte y cultura de clubs, con MANUEL OLVEIRA, OSCAR
ABRIL y MANEL CLOT, que realizan las instalaciones de Off
Club en el Matadero.

RMS
Room
Oscar Abril Ascaso
Cuando
nos referimos a la categoría de periferia pensamos automáticamente
en términos de territorialidad geográfica. Sin embargo,
existen otras periferias. Existe una periferia fenomenológica.
Una periferia creada en base a una jerarquía existente entre
nuestras capacidades sensoriales. Por ejemplo, el cuerpo sonoro
que nos rodea, oculto bajo la primacía de nuestras percepciones
visuales.
RMS
Room es un proyecto de habilitación de espacios para
la audición de este cuerpo sonoro circundante, a través
de unos paisajes sonoros registrados en el mismo contexto local
donde se halla el espacio. En el proyecto RMS Room, el ejemplo de
los chill outs, espacios dirigidos a la relajación por vía
auditiva en el ámbito de la cultura de club, es un eje de
referencia. De hecho, la utilización de estos espacios para
la audición de paisajes sonoros ha sido algo habitual en
diversos clubs norteamericanos desde hace años.

film (nuevas ideas acerca de la imposibilidad)
around
around
es un proyecto de trabajo constituido en 1999 por Manel Clot
y Vicenç Vacca, que trata de interrelacionar dispositivos
visuales deconstruídos procedentes del territorio repertorial
de las artes plásticas contemporáneas con ámbitos
sonoros apropiados y extraídos de fuentes diversas, para
configurar espacios múltiples de sonido en los que la difusión
de la idea de autoría y reproductibilidad, por una parte,
y la consideración de los sonidos como material no sólo
expositivo sino también de carácter reflexivo, a veces
narrativo, y siempre tridimensional, por otra, dan lugar a soundscapes
como lugares de confluencia, encuentro e interferencia.
film
(nuevas ideas acerca de la imposibilidad) es un trabajo que aúna
la secuencia lineal e interferida de un desarrollo sonoro multiplicado
con la intercalación de fragmentos de textos de autores contemporáneos
para así construir una sucesión de imágenes
encadenadas a modo de discurso fílmico no lineal, arropado
por una escueta puesta en escena (de cariz casi escultórico)
en la que se visualiza de un modo singular aquello que constituye
el centro neurálgico de la "proyección".

Lugares
Manuel Olveira
Son
lugares en los que se produce cultura, pero que no están
cargados con las categorizaciones convencionales y, de esta manera,
se sienten libres de sus presiones, de sus reglas, de sus gurús,
de sus mesías y de sus bedeles; que no tienen nada que perder
porque no disponen de ninguna cuota de poder ni de capacidad de
representación; que no tienen peso específico en las
estadísticas que gobiernan las subvenciones, los premios
y los reconocimientos oficiales. Lugares pasajeros que duran lo
que dura dura y luego caen en el olvido, a pesar de que su fugacidad
ha dejado una marca indeleble en su propio tiempo. Lugares que en
otro tiempo fueron grupúsculos, cenáculos, tertulias,
manifiestos, revistas, y que hoy en día son páginas
web y las comunidades que las crean, las visitan y las sostienen.

icono(latría)s recientes y conductas sin herencia
manel clot
"back
to life, back to reality,
back to the present times"
Soul II Soul
Desde
hace ya algunos años estamos asistiendo a una remarcable
proliferación de múltiples propuestas artísticas
directamente vinculadas a las músicas electrónicas
contemporáneas y a la muy variada experiencia -humana, sensorial,
estética, psicotrópica, relacional- que consecuentemente
aparece asociada a los frecuentadores de los clubs (clubbers, clubgoers),
hecho éste que está causando una notable revulsión
en los ámbitos -por otra parte, nunca suficientemente ampliados-
de eso que genéricamente podemos aún denominar o seguir
considerando como la escena del arte contemporáneo. Algunos
artistas incorporan desacomplejadamente a sus trabajos visuales
(y sonoros, claro está) todo tipo de materiales, ideas, situaciones
y recursos procedentes de esos escenarios últimos, se empiezan
a realizar exposiciones más o menos temáticas sobre
la cuestión, y parece como si se estuviera en el camino de
hallar una especie de nuevo elemento polivalente capaz de regenerar
rápidamente y a fondo el ambiente de la escena artística
actual, tan proclive en algunos casos al (supuesto) sensacionalismo
hueco a base de una manufacturación y producción objetual
que por momentos recuerda nuevamente los años de la avalancha
de commodity de procedencia neoyorquina, tan a menudo destinada
a proveer al mercado de una inagotable línea de mercantilización
y fetichización. Por lo demás, huelga decir, claro
está, que seguimos sin poder reflexionar en los mismos términos
ni plantearnos los mismo interrogantes ni formular las mismas conjeturas
si se trata de analizar situaciones internacionales en su más
amplio espectro o bien si lo que pretendemos es orientarnos en una
visión (más posibilista que otra cosa) referida sólo
a experiencias producidas en el ámbito que se desarrolla
en España.
Se trata de una operación que se abre en diversos frentes
y direcciones -no siempre coincidentes, por supuesto, y no siempre
a la avanzadilla-, y que empieza ya a producir dos efectos notablemente
paradójicos en su constitución y esencia aunque todavía
poco calibrados por lo que respecta a sus dimensiones presentes
o a las meramente intuidas: por una parte, comprobamos a menudo
la tentación de considerar globalmente el hecho -que no fenómeno-
cultura de clubs como un simple tema más, es decir, como
un mero ingrediente -mucho más nuevo y actual, eso sí,
mucho más hype- que ya empieza a parecer casi imprescindible
en los métodos de elaboración y producción
más recientes usados en la cocina artística contemporánea,
como una especie de elemento decorativo añadido, sobrevenido,
un nuevo factor estético acorde con los tiempos, un mero
síntoma reducido a su mismidad más evidente y perentoria,
un incondicional signo de los tiempos, una distinción epocal
reconocible e inapelable, acaso una suerte de (im)probable nuevo
emblema de la vida moderna. De este modo, se mantiene (sutilmente
controlado) al mismo nivel operativo que cualquier otro recurso
temático empleado, profusamente o no, con anterioridad -decoración
pura y dura, pues, condenada sólo a estar para nunca ser,
simple visualidad encerrada en lo puramente óptico, un evolucionado
sentido del gusto retiniano irremisiblemente atrappé par
la queue, casi un exotismo excéntrico y populista más-,
y sin, por tanto, permitirsele manifestarse en ninguno de sus (posibles)
elementos más revulsivos o más alternativos, en ninguno
de sus elementos capaces o susceptibles de constituir el germen
de una renovación que debería ser mucho más
seria y duradera por cuanto respecta al territorio de las artes
contemporáneas y a su inserción y eficacia sociales
en él, es decir, a sus relaciones con el presente, con los
estatutos modificados de lo real y con la necesaria reafirmación
del ámbito plural y múltiple que proporciona eso que
llamamos la experiencia de mundo, los mundos de vida, ese retorno
a (o de) las esferas de la vida y de lo real, casi un posiblemente
esperado back to life.
Precisamente, lo que comporta la "cultura de clubs" en
su más amplia y sociologista acepción no es sólo
una reconsideración en profundidad únicamente de cuestiones
formales, aparienciales, visuales, indumentales, comportamentales,
celebratorias o festivas, sino también de concepciones un
tanto más generalistas y muy vinculadas al uso de las ciudades,
a la vida colectiva, a la construcción permanente de registros
al margen de la doxa oficialista, a la inversión de algunos
parámetros que rigen y estabilizan lo público y lo
privado, a la complicación y expansión de los perímetros
relacionales, y a la multiplicación incesante de las interferencias
simbióticas de campos de reflexión y actuación
no tradicionalmente artísticos ni mucho menos necesariamente
sólo culturales. La progresiva interrelación y creciente
desarrollo de los diversos ámbitos de las (sub)culturas juveniles,
los avances claramente socializantes aportados por una suerte de
incrementado proceso de domestificación de la(s) tecnología(s)
y sus artilugios low tech omnipresente en las músicas electrónicas
(con potentes e instantáneos efectos en muchos de sus registros
operacionales asociados: cuestiones como las de autoría,
distribución, producción, independencia factual, agilidad,
consumo, espectáculo, colaboración, negociación),
y las progresivas (y cada vez ya más desacomplejadas) interferencias
de ámbitos socioculturales inmediatamente colindantes con
el territorio artístico así consensuado, están
consiguiendo que una cierta configuración de las artes visuales
contemporáneas empiece a dejar ya de mostrar líneas
evolutivas de cariz únicamente formal, visual y estético
(los famosos y pactados estribos de la experiencia estética),
y pase a adoptar modos de producción y sistemas de consumo
y difusión considerablemente divergentes por todo cuanto
respecta a una (in)cierta lógica evolutiva que ha ido haciéndose
más y más visible a todo lo largo de la segunda mitad
del siglo XX.
Y debe ser precisamente por este tipo de consideraciones y potenciales
-junto a otros elementos cuyo análisis no nos es posible
ahora- que un término como cultura de clubs, por ejemplo,
-cuya profusión indiscriminada en muchos y variopintos ámbitos
artísticos y sociales, por cierto, empieza a ser algo preocupante
puesto que la inmediatez de su vaciado de significante deja entrever
ya su rostro inconfundible-, debería contener y conllevar
muchos más elementos de debate y cuestionamento social y
creativo, debería ser considerado desde ópticas de
alcance más colectivo, y debería tomarse esencialmente
como referido a cuestiones de alcance algo más complejo y
expandido: debería constituirse casi como un epónimo
referido sobre todo a los comportamientos evolucionados y a una
progresiva (con) fusión y (re)definición de los márgenes
operativos entre una (alta) cultura elitista y distinguida estructurada
desde los parámetros de la tradición legitimadora
y ortodoxa, y una (baja) cultura de masas expandida desde el contagio
y el uso polivalente, ágil y mestizo de todo tipo de recursos
tanto factuales como experienciales o comportamentales, sin perder
nunca de vista las responsabilidades sociales y públicas
y los mecanismos de activación de la conciencia epocal que
todo ello comporta.
Aunque bastante diferentes -pero notorias- tentativas (exposiciones
de grupo, trabajos individuales, ensayos teóricos, debates,
escenarizaciones varias) han empezado a plantear seria y rigurosamente
los diferentes niveles y estratos de las relaciones entre la escena
artística y la escena del clubbing más avanzado, también
debemos seguir teniendo muy presente como un segundo (d)efecto enturbia
aún un tanto esta posibilidad relacional de creación
en la escena múltiple de lo contemporáneo: al no haber
encontrado canales verdaderamente específicos o al no haber
sabido aún modificar del todo los sistemas establecidos de
producción, difusión y consumo de las obras existentes
hasta la fecha, mayoritariamente constatamos cómo a pesar
de querer rehuir los límites tradicionales del espacio específico
(reductivo) del arte y alcanzar otros terrenos situados en su exterior
inmediato, en su afuera, o bien los múltiples elementos que
proceden de ese exterior aspiran denonadamente a formar parte inmediata
de esa escena artística específica (y, por tanto,
ya consagrada a otro nivel, y legitimatoria de actitudes y resultados,
a modo de tramposo método de homologación, integración
y legitimación social y factual), o bien los resultados finales
no dejan nunca de formar parte constituyente y directa del escenario
ideológico marcado por los potentes dispositivos y mecanismos
de la producción artística, quedándose los
experimentos, pues, en una especie de lugar a medio camino entre
una ansiosa (y a todas luces
necesaria) obertura hacia las nuevas áreas de la especulación,
la reflexión y la investigación, y los mecanismos
tradicionales que definen los rasgos de la producción artística
sin más y que le otorgan su posibilidad de supervivencia.
Hace falta, pues, e imperiosamente, seguir trabajando de cara a
la consecución de un avance global por lo que respecta a
una auténtica renovación en profundidad tanto de los
múltiples ingredientes formales, visuales y temáticos
como de las estructuras relacionales que aún hoy en día
siguen constituyendo la esencia posibilista de eso que denominamos
el discurso artístico contemporáneo, una construcción
cultural de primer orden sin valor universal alguno ni vigencia
intemporal posible. Deberemos lograr, pues, que la ya demostradamente
imparable dinámica contextual del presente se incorpore de
pleno en los múltiples planos mutantes de la complejidad
de su configuración y de su adopción.
MANEL CLOT
ARTISTAS Y PÚBLICOS ¿CÓMO INTERPRETAR SU
SILENCIO?
Uno de los problemas que jalonan la crisis de los museos y centros
de arte contemporáneo resulta de su incapacidad para conectar
con los artistas y los públicos. Preocupados por la financiación,
el número de visitantes, la competencia de otros museos que
no cesan de inaugurarse y por la falta de regeneración de
la propia institución, los centros de arte orientan sus políticas
de muy diversa forma: desde la espectacularización, la resistencia
purista o la contaminación con áreas adyacentes a
los territorios artísticos convencionales. Esta última
forma, que aporta vitalidad a una institución moribunda,
plantea múltiples problemas ya que suele esclerotizar aquello
que toca, haciendo que territorios cargados de vitalidad acaben
en etiqueta de consumo que no conecta con los públicos (la
etiqueta se hace para un público amorfo) ni con los artistas
(frustrados ante la operación de maquillaje superficial que
supone toda etiqueta).
La
asistencia a las jornadas "10 años de centros de arte"
organizadas por la Ponencia de Artes Plásticas del Consello
da Cultura Galega a finales de septiembre no fue muy numerosa, a
excepción de la tarde en que intervino el alcalde de Vigo
para hablar sobre el museo de arte contemporáneo que pronto
se inaugurará en la cidad olívica. Los motivos de
la falta de público numeroso e interesado en debatir podrían
ser muy variados y todos ellos vendrían a anticipar los resultados
de dichas jornadas: poca asistencia, ausencia de confrontación
de ideas, de diálogo y de ejercicios de disensión
(excepto honrosas y puntuales excepciones) entre los invitados ponentes,
quienes hablaron de muchos temas, plantearon problemas, revisaron
actuaciones y estrategias y, a pesar de ello, no consiguieron dialogar
con los asistentes. De la misma manera, los centros de arte contemporáneo
tampoco consiguen entablar lazos con sus usuarios y languidecen
en una larga crisis iniciada en los ochenta (coincidente en el tiempo
con la fase d e su proliferación en España) y que
sigue sin concluir, sin agonizar completamente y faltos de toda
creatividad para crear modelos revitalizados.
La
asistencia y el comportamiento del público en las jornadas
mencionadas sirve de ejemplo para reflexionar sobre algunas de las
cuestiones de la cultura contemporánea, sobre su relación
con el resto de productos del mundo del ocio occidental y sobre
el papel de sus consumidores y las dinámicas que imprimen
en la fugacidad del tiempo que habitamos mientras estrenamos inconscientemente
nueva época. El arte y el museo de arte contemporáneo,
epítomes del presente y sensores de los conflictos que atravesamos,
colocan ante nuestros ojos los esfuerzos desarrollados para conseguir
dinamismo cultural y su inoperancia en relación con este
objetivo. En los últimos años hemos asistido a la
creación de centros y museos de arte contemporáneo
en todas las autonomías y este fenómeno -en cuanto
que continúa imparable- justifica el intento de revisión,
análisis, reflexión y proyección de futuro
de una institución que está en crisis y busca desesperadamente
encontrar caminos de regeneración y revitalización,
como, por ejemplo, los formulados por José Miguel García
Cortés. A lo largo de las sesiones Martín Chirino,
María de Corral, María Luisa Sobrino, Rosa Olivares,
Juan Antonio Álvarez, Fernando Huici, Joao Fernandes, Miguel
Fernández-Cid, David Pérez, Iago Seara, Carlos Príncipe,
Antón Patiño e Isaac Pérez Vicente hablaron
de la proliferación de los centros de arte desde los años
ochenta, de su historia y sus tipologías, de los ánimos
con que fueron creados y de los modelos que orientaron la actuación
profesional de sus equipos de trabajo, hablaron del interés
que los políticos podrían tener en inaugurar un museo
tras otro, de las injerencias del poder político y económico
en los planes museográficos, de la ausencia de criterios
consensuados de actuación, de las difíciles relaciones
entre las arquitecturas creadas y las necesidades de los artistas
y sus trabajos, de la falta de profesionalización, de la
espectacularización banal y del servicio al poder que realizan
muchos de estos centros y museos de arte contemporáneo.
Para
informarse y reflexionar sobre cada uno de estos temas será
mejor recurrir a las actas de dichas jornadas, que se publicarán
próximamente, pero hay algo que no estará en ellas
y que motiva estas líneas: el público asistente no
habló. ¿qué quiere decir su silencio? Más
allá de la continua referencia al número de visitantes
como un criterio para medir la efectividad de los centros de arte
por parte de los políticos y de buena parte de la prensa,
ninguno de los ponentes habló desde la perspectiva de los
usuarios de los centros de arte, de sus deseos, de sus expectativas,
de los usos que hacen de las exposiciones, las actividades y las
publicaciones de los centros de arte (salvo quizás José
Miguel García Cortés). Toda institución cultural
tiene, o debería tener, dos puntales básicos que centran
su actuación: los artistas con su trabajo y los usuarios
con sus expectativas y necesidades, pero en las jornadas apenas
se habló de ellos. Nadie se preguntó si los centros
de arte han sido o son operativos para dar satisfacción a
las expectativas de los artistas, si han servido para incentivar
su trabajo, si son acertados los dispositivos de exhibición,
si responden a las necesidades de los usuarios y si su uso se corresponde
con el uso que éstos desearían.
El
público -como generalmente se le denomina en los informes
y en las reseñas de prensa- no es un conjunto homogéneo
y acéfalo que se traga todo lo que le ofrecen, sino una serie
diferenciada y heterogénea de grupos que tienen intereses,
señas de identidad, necesidades de modelos de identificación,
expectativas de plataformas y temas de discusión y análisis
y formas diferenciadas de usar y consumir los productos culturales.
El público debería convertirse en los públicos
y a cada uno de ellos el museo deberá ofrecer satisfacciones,
preguntas, retos, inquietudes, desafíos y posibilidades para
formarse, para aumentar el conocimiento sobre sí mismos y
sobre el mundo en el que viven. Sobre los artistas habría
mucho que decir y este artículo no tiene suficiente espacio
para ello, pero en general atisbo que los centros de arte non están
sabiendo conectar con sus intereses, con las necesidades de exposición
de su trabajo ni con las condiciones de producción, gestión
y circulación de sus obras (baste recordar a modo d e ejemplo
las palabras de María Ruido en el programa Antipop y el lúcido
texto The last show on earth de Alberto Barreiro).
Los
dos factores que podrían ayudar al museo y al centro de arte
a salir de su marasmo, los usuarios y los artistas, son precisamente
los que no están siendo considerados, los que no tienen voz,
los que no se expresan. Y las preguntas que deberían inquietarnos
y orientar nuestra reflexión son ¿por qué no
hablan?, ¿qué quiere decir su silencio?, ¿es
que no están interesados? Lo dudo, porque nadie se pasa dos
días en las salas del Consello da Cultura Galega si no estás
interesado y si no esperas que alguno de los ponentes pueda decir
algo interesante, ni se visitan museos ni se emplea tiempo en leer
artículos si no esperas encontrar algo que te permita entender
qué está pasando. ¿Tal vez no tienen nada que
decir? Mas bien no se crean las condiciones para que digan lo que
tengan que decir ni tenemos una cultura de poder civil y actuación
responsable ante los modelos culturales propuestos por las instituciones.
¿O quizás podríamos interpretar su silencio
como una forma de resistencia?.
Si
queremos huir de los modelos del despotismo ilustrado, del envarado
profesor que dicta su conferencia sin enterarse que la audiencia
se aburre, o del mesías ilustrado que se cree seguro de poseer
la única verdad, entonces deberíamos intentar saber
qué quieren las personas, dónde están, qué
opinan, qué entienden, qué no entienden, qué
sería importante construir con ellos y ellas y qué
significa su falta de cooperación en los proyectos culturales.
Cuando en el título que encabeza este texto utilizo el adjetivo
posesivo "su", no sólo me refiero al silencio de
los asistentes a las jornadas, sino a ustedes, a los que leen ahora
estas páginas, a los que han visitado (o no) los centros
de arte que se han creado a lo largo de estos años y a los
que trabajamos en el mundo del arte contemporáneo (artistas,
periodistas, críticos, comisarios, conservadores, etc.) y
no nos hemos preocupado por un silencio preocupante.
El
panorama desolador descrito tiene sus oasis y de forma excepcional
surgen proyectos que ayudan a redefinir el papel de los usuarios
y de los artistas en contextos concretos: Hipertronix e Inter/zona
de Manel Clot, Zona F de Helena Cabello y Ana Carcelller, Dance
and disco de Ana Laura Aláez, Sonic Boom de David Toop o
Lost in Sound son algunos ejemplos en los que se ha intentado crear
una nueva relación con los usuarios y una negociación
con algunos de los sectores de los públicos que visitan los
museos y centros de arte que los han acogido (EACC, La Virreina,
MNCARS, Hayward Gallery y el CGAC). Estos oasis han demostrado que
es posible articular proyectos que aglutinen en su interior una
nueva forma de ver las cosas, de presentarlas y de hacer que se
usen entre los públicos: a través de ellos cuestiones
de sociología, psicología, medialogía, televisualidad,
tecnología, feminismo y pensamiento contemporáneo,
entre otras, han calado entre sectores y comunidades diversas. En
relación con estos proyectos, algunos grupos sociales han
encontrado expresión, reflejo e imagen de sus deseos, de
sus miedos, de sus rasgos de identificación, de sus constructos
simbólicos para entender la realidad, de sus imaginarios
visuales y de sus ansias de construir nuevas utopías desde
las que pensarse a si mismos y al mundo en el que viven.
Estas
actuaciones puntuales en el campo de la cultura tienen, además,
el valor de no ser asépticas: dejan tras ellas un compromiso
con el presente que excede los temas que las sustentan y que modifica
el campo en el que actúan y los valores y conceptos asociados
a dicho campo. El concepto de arte y de museo ha cambiado y está
cambiando continuamente: la labor autocrítica de las prácticas
artísticas y las nuevas realidades del mundo de la cultura
obligan a una adecuación constante entre estos conceptos
y las necesidades de la actualidad. El museo o el centro de arte
es una institución que se adapta a nuevas condiciones, nuevos
usos y nuevas funciones dentro de la sociedad, la cultura y el ocio.
El reto del museo hoy en día es constituir los dispositivos
para crear (quiero remarcar el plural) públicos: grupos de
intereses y comunidades que encuentran en el museo canales de identificación,
expresión, conocimiento, reconocimiento y negociación
con la realidad que les envuelve. Entenderlo así determina
que el museo no es decorado de nada, sino su razón de ser
para todo. También entenderlo así implica que no es
necesario que ciertos productos y conformaciones visivas sean historia
para llegar al museo, sino que sean generadores y ejemplificadores
de cuestiones importantes y representativas de los intereses de
un sector de los públicos del centro de arte.
Puede
que el modelo clasista y elitista de arte museal (con factura de
iglesia, sacristía, catedral o palacio) ya no se adapte a
este presente en el que el acceso a la cultura no es el privilegio
de una élite, y en el que la separación entre la alta
y la baja cultura ya no se sustenta. El arte nos pertenece a todos,
y todos tenemos derecho a usar una de sus funciones que es la de
presentar deseos e imaginarios y sentirse representado en él,
incluso le pertenece a esa "aglomeración" que "invade"
y "hace ruido" en el templo de las musas (que ya ni es
templo ni ya pertenece a las musas). Y toda esa aglomeración,
plural y diversificada, con sus puntos de referencia, constructos
intelectuales, formas de entender la cultura, estrategias de producción
y difusión, identificación, etc., tiene derecho a
ser representada o sentirse representada. Y eso es lo que han hecho,
entre otros, los proyectos mencionados a modo de ejemplo y que han
explorado nuevos formatos de exposición, nuevas formas de
relación entre el público y la obra y nuevos universos
conceptuales y visuales de referencia que han ensanchado las miradas
y las comprensiones de los públicos implicados.
Tomando
como pretexto el proyecto del CGAC intentaremos reflexionar sobre
algunas cuestiones que afectan a los públicos y a los artistas
y a la validez de los presupuestos empleados. Lost in Sound fue
un proyecto estructurado en 8 secciones que incluyeron talleres,
workshops, programas de vídeo y de música, conferencias,
espacios de documentación (en vídeo, internet, catálogos
y revistas) y, por supuesto, una exposición (repartida en
espacios serviciales de las tres plantas del CGAC) y una serie de
eventos en directo en los que el trabajo de Djs se fundió
con las imágenes de los Vjs en el vestíbulo del CGAC
desde las 9 de noche hasta las 2 de la madrugada. Esta propuesta,
atípica y consciente, nació como una respuesta natural
a los estímulos que nos rodean, fruto de una sensibilidad
y receptividad al aire del ambiente que todos respiramos, hija espúrea
de las bellas artes o los museos y heredera natural de todas las
propuestas que, con su curiosidad y su inquietud, quieren intervenir
en el panorama cultural d e los tiempos que estamos viviendo. Dado
que este proyecto del CGAC trató de atender a ciertos fenómenos
de la actualidad (como la música dance, la sabia germinal
de las subculturas como fuente de propuestas culturales, la crisis
del arte como generador de universos visuales en beneficio de los
territorios de la llamada cultura popular, el alcance de las innovaciones
tecnológicas o el papel del placer en la sociedad del ocio
pagado) también ofreció oportunidades de uso, gestión,
representación y percepción para los usuarios de Lost
in Sound. ¿Que el público bailó en el CGAC
y ello molestó a los más conservadores y defensores
de la experiencia mística del silencio y recogimiento? Bien,
los museos y el arte potencian reacciones y experiencias en los
visitantes. Bailar es una forma de experiencia más, tal vez
sólo privilegiada en cuanto que bailar implica emplear la
cabeza y el cuerpo entero.
El
modelo convencional de museo, que se basa en la división
entre la alta y la baja cultura y en la preeminencia de la primera
sobre la segunda, deja paso a la consideración de la baja
cultura, y todos los productos a ella asociados (música de
consumo, la publicidad, el diseño o los juegos informáticos)
como focos germinales y vivificadores del arte. Hasta mediados del
pasado siglo XX fue la vanguardia artística la generadora
y experimentadora de formas y propuestas culturales, pero esa función
la está cumpliendo mejor la baja cultura y la cultura de
consumo que se desarrolla libre de la presión y el peso de
la herencia de la tradición de la vanguardia (por lo tanto
puede explorar otras formas de hacer y presentar los productos)
y con todo el apoyo económico del sistema capitalista (que
inyecta dinero en territorios como el diseño, la publicidad
y el diseño gráfico para garantizar la oferta de nuevos
productos o viejos productos con nueva imagen).
A
consecuencia de todo ello, el papel de las subculturas y de los
territorios espúreos, como por ejemplo la música de
consumo o la cultura de clubs, cambia. Ya no se trata de que ocupen
la periferia de la producción cultural, sino que están
ocupando territorios de centralidad tanto en la producción
como en la representación de la propia cultura. Y ello no
se realiza sin pagar un peaje. La operación es muy sencilla:
las instituciones tradicionales como el arte o los museos están
de capa caída mientras que otro tipo de territorios como
la música, los videoclips, la publicidad y el diseño
han ocupado el territorio perdido y lo están enriqueciendo
a base de creatividad, experimentación, búsqueda de
nuevas formas de comunicación, contacto continuo con la cotidianeidad
de las personas y tratamiento de inquietudes y dinámicas
sociales y estéticas que preocupan a amplios sectores de
la sociedad. El éxito de estos territorios está basado
tanto en la atracción de creativos a estos campos de producción
cultural como en la satisfacción de los usuarios y destinatarios
de esos productos. O sea, su éxito está en entender
y atender a los dos pilares señalados de toda institución
cultural: los artistas y el público.
Pero
el sistema en general y sus instituciones devaluadas y en crisis
buscan desesperadamente no perder el ritmo de los tiempos y, de
vez en cuando, los porteros de la cultura abren las puertas para
que entre aire fresco y regenerador en las puras y elevadas salas
de los museos, lo cual no sólo supone una contradicción
sino también una perversión de los territorios de
experimentación y vitalidad cultural. La contradicción
de enriquecer el museo con el substrato vital de culturas o subculturas
vivas, presente en el proyecto Lost in Sound, fue señalada
por la pregunta de Xanti Eraso en una de las primeras reuniones
del curso Arte y electricidad dirigido por Fundación Rodríguez
en Arteleku, y tiene el corolario de hacer entender que aquello
apropiado (la cultura de clubs) se desvirtúa para vitalizar
momentáneamente al agente apropiador (el museo).
La
función del museo como el desintoxicador y desactivador de
los productos culturales es pareja al mercadeo cultural y la necesidad
de productos de consumo estandarizado o etiquetas promocionables
en el ocio occidental. La cultura de clubs, como seña de
identidad de un momento y territorio alternativo de experimentación
cultural, ya ha muerto: su entrada en los museos y en las superficies
comerciales de los shopping center así lo certifica. Todo
aquello que se mantiene alejado del poder, de la centralidad y de
las categorizaciones puede tener posibilidades de pervivencia y
continuidad coherente con su "marginalidad" periférica.
La clandestinidad, la movilidad, la desobediencia, la articulación
de modelos alternativos que habían caracterizado a la producción
de la música dance en los últimos veinte años,
han sido alcanzados: no la hemos disuelto a tiempo y la hemos categorizado,
no hemos podido escapar de la autocomplaciencia y al futuro de lo
que hacíamos no le ha quedado ni un escondite. La primera
condición para que algo nuevo florezca es su invisibilidad
para las instituciones o los bedeles de la cultura y la hemos perdido:
somos visibles, tenemos categorías, salimos en las revistas,
entramos en los museos, hemos perdido hasta la supervivencia. Habrá
que inventarse otro lugar donde encontrarse con los artistas y con
los públicos y entender su silencio.
MANUEL
OLVEIRA

|